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Cómprame un cuadro, tío!  

PACO BARRACHINA +1940-2017

Las tribus colorín estamos muy tristes, Los paisajes suspiran antiguos rituales al contraluz de un ocaso y las bellas imágenes de doncellas románticas, con la mirada en el atrás de los motivos, entre rosas cadmias, amarillas margaritas, canastas rebosantes de nostalgia y bucólicas posturas, cautivan la mirada entre una explosión de iridiscentes matices.

En los tiempos rasurados por la dictadura, allá por los años sesenta, fui amigo suyo cuando tenia su estudio en la calle San Jaume de Alcoy. Cinco años mayor que yo, siempre tuvimos la deferencia como punto de partida de nuestra concordia artística hacia diferentes caminos. Yo, adolescente, me quedaba maravillado al ver que de una mancha carmín salía con unos cuantos pincelazos, una soberbia rosa o una canasta de cañas que por lo inverosímil de su trabajo era imposible hacerla con tanta destreza y rapidez. Una vez me quedé una semana en su casa de Benifallim, su pueblo natal y aún vivían sus padres. Me quedé estupefacto al ver que de un ambiente tan campesino y humilde hubiera salido ese portento de la mano versátil.

Estuve fuera de Alcoy durante más de veinticinco años. Cuando volví, él era ya un renombrado y cotizado pintor, sobre todo entre la burguesía. Considerado un partidario de la pintura realista o costumbrista, seguidor de la escuela bucólico-académica, con sus floridos retratos, idílicas trasposiciones del tiempo y recovecos donde la reminiscencia histórica se queda embobada en el siglo de la perfección estilística y, sobre todo, al ver como sus colores se deslizan sobre el motivo para realzar la ondulación de los sentimientos.

No nos vimos mucho después de mi vuelta, un saludo, un fortuito encuentro, una alabanza común, pero un día me contestó, cuando le comenté que yo tenía en mi estudio una gran cantidad de cuadros y si a él le pasaba lo mismo. Me dijo: “Que clase de pintor sería yo si tuviera cuadros en casa. ¡Yo los vendo todos!” Genial.

Las violáceas luces sobre el jardín, los rostros de casa, los ambientes olvidados, los colores sujetos por la sabia mano; ahora son recuerdos disueltos entre la esencia de trementina, pero queda el documento, el que dejamos todos los artistas, cada cual con su prefijo y aptitudes, sus éxitos o consistencia patrimonial. Paco Barrachina fue para mí un ejemplo de cómo la magia colorín desbordaba la canasta de la supervivencia y volcaba su sugestión sobre los que amamos el Arte y sus consecuencias.

No sé si ahora descansa en paz, pues al parecer los Dioses se han puesto en fila para que les pinte un retrato con su clásico costumbrista estilo. 
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